lunes, 29 de noviembre de 2010

Los perros de la calle: la compañía de su vida

“Mi labor con los animales no se aún cuándo acabará hermana”, dice Javier Mesa Jaramillo mientras bajamos la pendiente húmeda por la lluvia que hay entre su finca  y la carretera que nos llevará de vuelta a Calarcá.
Don Javier, como lo llaman sus amigos y demás personas, nació en Armenia en 1955, año desde el cual tuvo el primer contacto con los animales:
 A sus 4 meses de nacido, en un día soleado de diciembre para ser exactos, se inició una fuerte discusión entre sus padres. Mientras eso ocurría, el bebé que se encontraba al lado de ellos envuelto en un pañal de tela, recibía todos los rayos del sol sobre él. En ese momento apareció Sacha, una perra Doberman que había sido desde siempre la mascota de la finca, y sin más ni menos, cuenta Javier, ésta, al presenciar la escena confundida, tomó con su boca por el pañal al niño y se lo llevó ocultándolo luego bajo un cafeto arábigo.
“Después de varios días de todo el mundo buscarme desesperadamente en la finca, y por fuera de ella también con la ayuda de la gente del Batallón Cisneros, un día, uno de los trabajadores de mi papá, vio a la perra con sus tetas de recién parida, salir y entrar de la casa, entonces fue ahí cuando decidieron  ir  tras ella, presintiendo ya que algo tenía que ver con mi desaparición. Y fue en ese momento  cuando me encontraron durmiendo con una plácida cara de recién amamantado,  al lado de la perra que me estaba dando calor.”
Durante toda su niñez  Don Javier estuvo rodeado de perros y más perros, motivo por el que se fue encariñando a ellos cada vez con mayor intensidad.
“La verdad hermana es que yo nunca fui buen estudiante en el colegio, y cuando lo intentaba otra vez  en uno diferente, siempre salía expulsado”, Afirma Javier mientras pasa su mano por la cara llena de barba para limpiarse las gotas de agua que la lluvia ha dejado caer en ella.
Brevemente cuenta él que en su juventud, tras haber comprado una finquita con el dinero de la herencia que dejó su abuela, en el Cerro del Catillo, cerca a  Calarcá, éste en vez de quedarse allí viviendo tranquilamente, se dedicó a recorrer algunas ciudades de Colombia, entre ellas Chocó, Medellín, y Bahía Solano, donde vivió de vender artesanías y servirle de guía y goterero a los traquetos de medio pelo (como él los llama), que llegaban allí.
Hace 23 años, cansado ya de rodar y rodar, Don Javier, regresó a su finca con la intención de vivir en ésta tranquilamente rodeado de un gran grupo de perros y gatos que poco a poco empezó a recoger de la calle, compadeciéndose de verlos, como él dice, o muy flacos, o heridos, muy cachorritos, o simplemente muy tristes.
Desde ese entonces, su vida han sido ellos, los cuida como si fueran sus propios hijos, duerme en compañía de éstos y aunque siempre está dispuesto a darlos en adopción, una gran tristeza lo embarga cada vez que alguien se le lleva uno de ellos.
“Yo nunca voy a olvidar que cuando era solamente un bebé, un perro me cuido, me amamanto y no me dejó morir de hambre. De ahí creo que viene mi conexión con los animales, y aunque muchas personas puedan pensar que soy una especie de ermitaño, o inclusive hasta  loco, para mí, estos perros son mis hijos, y la compañía más preciada con la que he pasado cada una de mis noches desde hace 23 años.”
Al preguntarle a Don Javier hasta cuándo piensa seguir con esta bonita y curiosa labor de recoger animales de la calle para cuidarlos y darlos en adopción, me contesta que el simplemente vive el día a día, y que lo único que me puede decir, es que va a seguir viviendo con sus animales hasta que el cuerpo le aguante porque para él, ellos son todo en su vida.

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